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martes, 7 de enero de 2020

Cuatro días en Oporto

Hace justo dos años estábamos cogiendo un avión hacia Oporto, así que hoy lo rememoramos contando todo lo que hicimos durante nuestra segunda experiencia en el país vecino.

En Navidad de 2017/18 no pudimos coger vacaciones, así que aprovechamos los días libres que nos quedaban y nos fuimos del 7 al 10 de enero a Oporto.  Llegamos el domingo después de comer, tras dejar a los conejos en su residencia habitual, el coche en el parking de larga estancia del aeropuerto, y un vuelo tranquilo de una horita, en un miniavion que parecía un autobús con alas. Sofía estaba emocionada estrenando su Trunki rosa chicle y pudimos comprobar que es muy práctica para viajar con ella. Fuimos directamente al apartamento donde nos estaban esperando para hacer el check in, una chica muy maja que nos dio un montón de información sobre la ciudad, cosas para ver, sitios para comer, supermercados, etc. Se llaman Taipas Apartments y están en pleno centro, a dos minutos de la Torre de los Clérigos y se puede ir andando por todo el centro. Después de dejar las cosas y acomodarnos, bajamos dando un paseo hasta el barrio de Ribeira y cenamos en un restaurante a la orilla del Duero (de cuyo nombre no me acuerdo) con horario guiri total, y nos fuimos a dormir prontito.

El puente de Luis I con su iluminación nocturna.
El lunes nuestra ruta fue ésta:
Torre de los clérigos: desayunamos todos los días en una cafetería al lado de ella, así que la vimos bastantes veces pero no llegamos a subir.
Librería Lello: aprovechamos que era pronto, acababan de abrir y no había mucha cola. Compramos las entradas, que nos costaron 5€ cada adulto (si compras un libro te lo descuentan del precio), y también disfrutamos de su tienda  llena de merchandising de Harry Potter. Se dice que JK Rowling se inspiró en las escaleras de esta librería así que como somos fans, disfruramos la visita.
Iglesia del Carmen, ayuntamiento, iglesia de la Santísima Trinidad, mercado de Bolhao, capilla de las Almas: dimos un buen paseo admirando las iglesias de paredes de azulejos y otros lugares míticos de Oporto.
Café Majestic: después de paseo hicimos una pausa para descansar en uno de los cafés con más historia de la ciudad.
Plaza de la Batalha.
La Sé.
Comimos en Cerca Velha, picamos una tabla de quesos y embutidos en una de los rincones más bonitos de Oporto.
Para volver a la zona de Ribeira tomamos el funicular dos Guindais, vimos la muralla fernandina, y finalmente tomamos un vino viendo el atardecer en una terraza a la orilla del Duero.
Despues vimos la casa del infante, la iglesia de San Francisco y el palacio de la Bolsa. Descansamos y cenamos en Irmaos Linos.
A dormir.
La torre de los Clérigos
Fachada de la librería Lello.
Cristalera en la librería Lello.
Escalera de la librería Lello
Librería Lello.
Iglesia del Carmen
Mercado de Bolhao
Capilla de las Almas
Café Majestic
Fachadas de azulejos.
Lateral de la Sé.
La Sé.
Vistas desde la zona Velha
Atardecer a orillas del Duero.
Iglesia de San Francisco
Vistas desde el mirador de la Victoria
El martes estaba lloviendo así que fuimos a ver la estación de Sao Bento y desde allí cogimos el metro a Vila Nova de Gaia. Hicimos la visita a las bodegas Calem y comimos allí al lado en Douro Velho. Volvimos hacia Ribeira paseando por el puente de Luís I. La chiquinina se quedó dormida en la mochila y cogimos el tranvía 1 en Infante hasta la desembocadura del Duero, toda la línea. Hacía muy mal tiempo, así que después de una vuelta corta, nos volvimos otra vez en el tranvía, esta vez con la peque despierta y disfrutando del viaje. Volvimos un rato al apartamento e hicimos la maleta. Cenamos en Ribeira, en un sitio de vinos que se llama Taberna Está-se bem.
Vestíbulo de la estación.
Vestíbulo de la estación
Bodegas Calem
Vista de Ribeira desde Vila Nova
Las barcas de las bodegas.
Más vistas de Ribeira.
Tranvía 1
Faro en la desembocadura del Duero.
El miércoles nos dejaban hacer el check out más tarde, lo que nos vino genial porque nuestro vuelo salía a las seis y pico. Calculamos salir sobre las tres del apartamento. Desayunamos y dimos un paseo por la Rua de las Flores, y vimos la zona velha, la torre de la rua da baixo y el ascensor de Lada. Repetimos terraza a la orilla del Duero, pero se puso a llover y tuvimos que ponernos a cubierto. Cuando dejó de llover decidimos ir a recoger el equipaje y salir para el aeropuerto. Llegamos pronto al aeropuerto y comimos algo tranquilamente. Tienen zonas para niños. Volvimos en un avión todavía más mini que el de la ida, un turbohélice que en una hora y poco nos dejó en Barajas.
El tranvía 22
Callejuelas por el centro.
Terrazas en Ribeira.
Y hasta aquí nuestra escapada a Oporto, una ciudad pequeña, cercana y acogedora. Con ese aire decadente que a unos les encanta y a otros les echa un poco para atrás  pero con mucho encanto.

jueves, 24 de octubre de 2019

Escapadas de otoño: Sierra de Béjar

En esta entrada os contamos un poco sobre una zona que conocemos bien: la Sierra de Béjar. La familia de Ana es de allí, así que vamos a menudo y tenemos la suerte poder dormir en la casa que #losabuelos tienen en un pueblo de allí. Esta zona es especialmente recomendable en otoño, por la belleza de los paisajes y por no hacer excesivo frío si el otoño no está muy avanzado. En invierno es otro cantar, al ser zona de sierra hace bastante frío y las heladas son habituales.

Vistas de la Sierra desde la Garganta del Oso  

Se encuentra a unas dos horas y media desde Madrid. Os recomendamos pasar por aquí un par de días o tres, en un fin de semana se tiene tiempo suficiente para disfrutar de los pueblos y rincones con encanto que se pueden visitar.

¿Qué ver en esta zona?

Candelario. Por algo ha sido elegido como uno de los pueblos más bonitos de España, a pesar de sus cuestas tiene un encanto especial en sus calles empedradas, con sus regaderas a los lados y sus casas encaladas con las batipuertas, seña de identidad del pueblo. En la parte más alta del pueblo hay un aparcamiento donde dejar el coche, y en la más baja, al lado del parque, también hay espacio para dejar el coche aparcado y disfrutar del pueblo dando un paseo.

Batipuerta

Un rincón de Candelario 

La plataforma del Travieso. Si queremos tener una panorámica envidiable de la zona, se puede subir en coche hasta la primera o la segunda plataforma, por una carretera secundaria que sale desde Candelario. Y para los amantes del senderismo, desde la segunda plataforma se pueden hacer rutas hacia el Calvitero o el Canchal de la Ceja. En ésta época no suele haber mucha nieve aún y podemos acercarnos en coche a un mirador desde el que tendremos vistas de toda la zona.

Vistas desde la plataforma

Vistas desde la Covatilla

Béjar. Es la ciudad más grande de la zona, aunque fácilmente abarcable a pie. Béjar fue una ciudad industrial famosa por su industria textil. A día de hoy se pueden ver las fábricas de tejidos cerca del río Cuerpo de Hombre, por un sendero a orillas del río. También merece la pena ver varias de sus iglesias, como la de San Juan o la de El Salvador. Recorriendo la calle Mayor se puede observar las galerías (balcones acristalados) típicas de la arquitectura de esta ciudad. En la plaza Mayor podemos ver el Palacio Ducal y también merece un paseo su judería y su muralla medieval.



El Bosque. Aunque se encuentra en Béjar  merece mención aparte esta villa y jardín renacentista a las afueras de la localidad. Fue construido como lugar de recreo de los Duques en el siglo XVI. En el jardín hay estanques y fuentes que se pueden visitar los miércoles de 10 a 14 y de jueves a domingo de 10 a 13 y de 15 a 18 en invierno o de 18 a 21 en verano. También tienen visitas guiadas.



El Castañar. Un pequeño monte cerca de Béjar que se llama así por ser un gran bosque de castaños. Es habitual que los vecinos de Béjar suban dando un paseo por las tardes, aunque se puede subir en coche. A mitad de subida podemos ver la fuente del Lobo, en un área recreativa con mesas de picnic, en un precioso bosque de castaños y robles. La leyenda dice que la fuente se llama así por un vecino que se hizo amigo de un lobo cuando acudía a beber agua a la fuente. Sólo ver la representación del lobo merece la pena. Al llegar arriba del Castañar podemos ver la plaza de toros, que se dice que es la más antigua del mundo, y es donde se celebra en verano el Festival Internacional de Blues de Béjar, y también está el santuario de Nuestra Señora del Castañar, patrona de la localidad. Una de las cosas que más nos gusta hacer cuando vamos en otoño es recoger algunas castañas y comerlas allí mismo.

Ruta por la Fuente del Lobo 
Castañas

Vía Verde de la Plata. En las antiguas vías del tren, entre Béjar y Hervás, se puede disfrutar de esta vía para hacer senderismo o ciclismo, que en otoño es especialmente recomendable por lo bonito del entorno. Son 20 kilómetros por el valle del Ambroz, fáciles y sin mucho desnivel.

Vía Verde

Hervás. Ya en la provincia de Cáceres, aunque a sólo 25 kilómetros de Béjar, podemos encontrar otro pueblo que forma parte de los más bonitos de España. Y con razón. Sus callejuelas estrechas tienen muchísimo encanto y su judería es de las mejores de España. Además es un pueblo con mucha vida, ideal para tomar unas tapas y pasear por sus calles empedradas.

Baños de Montemayor. A medio camino entre Béjar y Hervás se encuentra este pueblo famoso por su balneario. Tiene una fuente termal de aguas sulfatadas a 43 grados y ya en tiempos de los romanos había unas termas en este lugar, de las que se conservan restos en el balneario.

Candelario

¿Qué y dónde comer?

En esta zona predomina la cocina castellana y es famosa también por su jamón y sus embutidos, debido a la cercanía de Guijuelo, a tan sólo 25 kilómetros. Son típicos platos como el calderillo bejarano (un guiso de carne con patatas), las patatas revueltas (también conocidas como revolconas o memeás en otros sitios), el hornazo (una empanada de chorizo o lomo), el farinato, la carne de cerdo ibérico (solomillo, presa o pluma) también es un acierto seguro, o las chichas que en otros lugares se conocen como picadillo de chorizo, jijas o zorza.

En esta zona también es tradición tomar el aperitivo antes de la comida o la cena, con su correspondiente tapa. En casi todos los sitios las tapas son gratis y te dan a elegir la que quiera cada uno. Nos parece un momento fantástico para probar el farinato, las chichas o las patatas revueltas, aunque también es muy típico tomar la tapa "de plancha", que suelen ser pequeños montados de magro, panceta, magreta, hamburguesitas...

Comer con estas vistas en la Cerrallana

¿Y dónde comemos todas estas delicias? Os recomendamos los sitios que más nos gustan a nosotros:

En Béjar:
- El Murallón. Una librería/cafetería que nos gusta por su original decoración y porque tiene una zona reservada para los más pequeños con juguetes.
- Charlie Comedy. En el parque de la Corredera, ideal para tomar el aperitivo o para una cena informal.
- Novelty. Nuestro sitio favorito para tapear. No os vayáis sin probar el farinato.
- La Plata. Un restaurante algo más formal y un poco más caro, pero ideal para probar los platos típicos de la zona: calderillo o carne de cerdo.
- La Cerrallana. Uno de nuestros sitios favoritos para comer, cenar o tomar unas tapas en su terraza con unas vistas increíbles a la sierra. Muy family friendly.
- La Alegría del Castañar. Otro de los lugares más frecuentados  situado en el Castañar. Importante reservar si vais a comer o cenar en fin de semana. Sólo abre de Semana Santa a Octubre.

Patatas revueltas

En Candelario:
- El Pasaje. Para tapeo en su terraza con vistas a la sierra o comer en su comedor con una decoración muy cuidada y buena relación calidad precio.
- La Artesa. De nuestros favoritos en la zona, aunque el más caro, pero merece la pena darse el capricho por la calidad de su comida y la atención que te dan.
- La Posada de Candelario. No tiene una carta muy extensa pero si os gusta la carne a la brasa, son especialistas.

Carnaza en La Posada

En Hervás:
- Mesón el 60. También expertos en comida casera típica de la zona.

¿Dónde dormir? Aquí no os podemos contar nuestra experiencia personal ya que cuando vamos a esta zona nos quedamos en la casa familiar. Tanto en Candelario como en Hervás y otros pueblos más pequeños de los alrededores hay muchos alojamientos rurales con encanto. Nosotros solemos buscar alojamiento en Booking, o para casas rurales a veces hemos usado Toprural.

En definitiva, la cabra tira al monte y a nosotros nos tira el pueblito bueno porque es una zona preciosa, con miles de rutas para pasear por la naturaleza, porque tiene pueblos encantadores y porque se come fenomenal. ¿Qué más se puede pedir para un fin de semana de desconexión?

lunes, 1 de julio de 2019

Tres días en Lisboa.

Hoy os queremos contar un pequeño resumen de nuestro viaje de tres días en Lisboa, que hicimos en el puente de diciembre de 2016.




Es alucinante lo poco que conocemos en general Portugal los españoles, con lo cerca que lo tenemos. Yo fui con mis padres de pequeña, pero no recordaba mucho en concreto. Tenía recuerdos de polos de limón que sabían a piña, de playas blancas, de pan con mantequilla antes de comer, de gallos que cambian de color, de rodaballos enormes... Pero ha sido en este viaje, de adulta, cuando me he dado cuenta de que casi no conozco nada de un país que merece mucho la pena. Y más cerca no puede estar, y más cercano (que no es lo mismo) no puede ser.

El viernes teníamos el vuelo a las diez menos diez de la noche. A mediodía el señor Google me avisó que el vuelo de Easyjet iba a salir con una hora de retraso, pero en la página de Aena no ponía nada. Por la tarde terminamos de hacer las maletas y sobre las siete salimos de casa. Fuimos en nuestro coche y lo dejamos en el parking de larga estancia, que nos costó 33€, menos que un taxi y casi igual que el metro ida y vuelta desde casa, y muchísimo más cómodo. Últimamente lo usamos bastante porque suele ser económico y muy cómodo para ir y volver del aeropuerto con la chiquinina.

Cogemos el minibus del parking y a las ocho estamos en la T1. Pasamos el control de seguridad por la zona de niños (sin colas) y vamos a la puerta de embarque. Al rato sí que pone que vamos a embarcar casi una hora más tarde... El señor Google tenía razón, ains. Buscamos un sitio para cenar algo, pero está todo cerrado, así que compramos unos sándwiches y bebidas en la máquina y esperamos pacientemente. Cuando nos toca embarcar lo hacemos de los primeros, ventajas de viajar con una bebé de 20 meses.

El vuelo es muy corto y se pasa rápido y la peque se queda dormida poco antes de aterrizar. La metemos en la mochila y está dormida todo el trayecto hasta el hotel, que está en la parada de metro de Restauradores. El metro nos cuesta 1,40€ más cincuenta céntimos de la tarjeta recargable y tardamos un poco más de media hora en llegar al hotel. El hotel es el Turim Restauradores, un tres estrellas bastante moderno y con muy buena ubicación. Nos costó 45€ la noche más la tasa de turismo, que es un euro por adulto y noche, en total 188€ las cuatro noches. Tiene dos camas de noventa pegadas y una cuna de viaje con un buen colchón. El baño está bien, renovado y bastante limpio, con ducha. Según llegamos al hotel, tiramos el equipaje, nos ponemos el pijama y a dormir, que son más de las doce, hora de allí.

Vistas del elevador de Gloria desde la habitación.
Al día siguiente como a las nueve estamos arriba. No tenemos desayuno en el hotel, así que nos preparamos y salimos a buscar alguna cafetería. Otra cosa no, pero en Lisboa les debe encantar tomar café con bollos, porque está lleno de sitios así. Está lloviendo bastante, así que nos pertrechamos con los impermeables y el paraguas. En la misma plaza de Restauradores, a 100 metros del hotel desayunamos en un sitio que se llama Taverna Imperial. El camarero muy majo nos pone dos cafés con leche muy ricos, dos zumos de naranja natural y dos croisants, todo por once euros. La peque se pone morada de zumo y croisant, y eso que ha desayunado leche en la habitación de hotel. Una vez que hemos cogido fuerzas, parece que ha parado un poco de llover, así que vamos paseando y vemos la estación de Rossio, el elevador de Santa Justa, bajamos por la rúa Augusta hasta el arco del triunfo y la plaza del Comercio. Como de costumbre, la chiquinina se echa su siesta mañanera en la mochila.

Desayuno lisboeta completo. 
Elevador de Santa Justa
Rúa Augusta. 
Arco desde la plaza del Comercio. 
Cuando estamos en la plaza, empieza a llover otra vez. Queremos subir a ver el Barrio Alto, pero no queremos andar mucho, así que vamos otra vez hasta la estación de Baixa-Chiado, recargamos las tarjetas con un pase de 24 horas y aprovechamos las escaleras mecánicas que suben hasta Largo Chiado. Vemos el elevador da Bica y nos acercamos al mirador de Santa Catalina. Mientras estamos en el mirador comenzó el diluvio universal. Nos metemos en un bar que estaba a cien metros de allí y llegamos completamente empapados. Nos tomamos una cerveza y una coca cola, y media hora después sigue lloviendo a mares.

Elevador da Bica
Calles del barrio Alto
Vistas desde Santa Catalina. 
Decidimos volver a comer cerca del hotel para poder refugiarnos si no deja de llover. Comemos en Pinóquio, en la plaza de los Restauradores. Este sitio me lo dijo mi padre, que ya iban mis padres a comer allí cuando visitaban Lisboa hace muchos años. Comimos Dani un solomillo de cerdo al ajillo y la peque y yo un arroz caldoso con bacalao, más bebidas y postre. Después de comer sigue cayendo la del pulpo. Subimos en el elevador de Gracia, que está a veinte metros de nuestro hotel, y vamos al mirador de San Pedro de Alcántara. Intentamos también entrar en la iglesia de San Roque, pero hay algún evento o celebración dentro y no nos dejan entrar. Así que, como estamos empapados de pies a cabeza, no tiene pinta de dejar de llover y está anocheciendo, decidimos volver al hotel a secarnos y descansar.

Arroz con bacalao. 
Elevador de Gloria. 
Moñeamos un rato en el hotel, secos y calentitos. Yo me quedo dormida un rato y todo mientras la peque ve Peppa Pig con su papá. A las siete y pico nos da tanta pereza salir (sigue jarreando agua), que bajamos al bar del hotel, nos tomamos una cerveza y cenamos después en el mismo restaurante del hotel, que es un italiano que no está mal. La comida bien, tienen trona y nos calientan un potito para la chiquinina. Después de cenar volvemos a la habitación y a dormir pronto, a ver si podemos aprovechar el domingo.

El domingo se levanta lloviendo guanmortaim. La peque no amanece muy temprano, como a las nueve, así que aprovechamos para dormir. El sábado nos mojamos tanto que las zapatillas todavía están húmedas, pero como sigue lloviendo tampoco pasa nada, se van a volver a mojar. Nos preparamos y bajamos a desayunar otra vez a la Taverna Imperial. Ese día probamos los pasteis de nata, muy ricos. Cuando terminamos de desayunar, como tenemos el abono de 24 horas del día anterior y llueve bastante, cogemos el metro para dos paradas (y con un transbordo, somos asín). No nos va mal, porque cuando salimos en la plaza Figueira ya no llueve tanto.

La idea es coger el tranvía 12 para subir al castillo, pero como llueve, hay bastante cola para cogerlo. Así que nos ponemos a andar hacia la Sé, la catedral. De camino la chiquinina se queda sopa, no perdona su siesta mañanera. Vemos la iglesia de la Magdalena, y cuando salimos justo pasa un microbús que pone que sube al castillo, así que lo cogemos y dejamos la Sé para cuando bajemos. El microbús nos deja en la puerta del castillo, pagamos la entrada y vamos para dentro. El castillo está bien, pero lo mejor son las vistas. Mientras estamos allí deja de llover y sale el sol. A ver si se arregla el tiempo.
Arco de entrada al Castillo.
Vistas desde el castillo.
Elevador de Santa Justa.
Plaza del Comercio.
Dentro del castillo.
Cuando nos aburrimos de vagar por el castillo, salimos y vamos bajando hacia Alfama. Damos una vuelta y nos asomamos al mirador de Portas do Sol, preciosas vistas. Seguimos bajando y vemos la Sé antes de plantearnos buscar un sitio para comer. Al final terminamos muy cerca de donde comimos el día anterior, y del hotel, en el restaurante Solar du Bacallhau, donde tienen plato del día. Dani comparte con Sofía un pollo a la brasa y yo tomo Bacallhau a bras. También compartimos media botella de vinho verde, que es parecido al Albariño. Muy rico todo.

Después de comer volvemos a subir al barrio Alto. Damos un paseo, porque el día anterior con la que caía no vimos mucho. Aquí se nota más la decadencia de la que hablan los que han estado en Lisboa. Bajamos por el elevador de Santa Justa, porque para subir hay más cola y nos apetece verlo por dentro. Además sirve el mismo bono que para el resto de transporte público. Acabamos de nuevo en el mirador de San Pedro de Alcántara, en una terraza tomando algo mientras vemos como atardece sobre el castillo. Precioso. Bajamos al hotel en el elevador y cenamos otra vez en el restaurante del hotel porque estamos cansados y no nos apetece buscar nada.

Vistas de Alfama desde Portas do Sol.
Buganvilla, azulejos y vistas del Tajo.
Más buganvilla.
El tranvía y la Sé al fondo.
La Sé.
El elevador de Santa Justa desde el barrio Alto.
El pasillo superior del elevador.
Fachadas de azulejos.
Vistas al atardecer desde San Pedro de Alcántara.
Vistas de noche.
El lunes nos levantamos aún más tarde y no vamos a desayunar casi hasta las once. Por fin hace bueno y ha salido el sol. El plan es pasar el día en Belem. Como no lo miro bien, cogemos el tren en lugar de coger el tranvía, que nos hubiera servido la tarjeta de transporte. En fin, son cosas que pasan. Vamos en metro hasta Cais do Sodré y allí cogemos el tren hasta Belem. De camino pasamos por debajo del puente del 25 de Abril y es espectacular verlo tan cerca. A la chiquinina le gusta mucho el viaje en tren. Una vez en la parada, vemos el monumento a los descubridores y la torre de Belem, mientras damos un buen paseo por la orilla del Tajo. Vamos a ratos sin el abrigo porque hace muy buena temperatura, y la chiquinina aprovecha para corretear por todas partes, después de dos días de ir en la mochila mucho rato, por la lluvia.

Después pasamos por el monasterio de los Jerónimos que está cerrado, así que no podemos verlo por dentro, pero por fuera es espectacular. Comemos en un sitio de bocadillos que está al lado. Después de comer nos sentamos un rato en el jardín que hay frente al monasterio porque la peque reclama teta. Y como nosotros tampoco hemos tomado postre, cuando ella termina, vamos a tomar un café con pastéis al sitio más famoso de Lisboa. No hay mucha cola para sentarse, pero tenemos que esperar unos diez minutos. Pedimos cafés y pasteles, que realmente se merecen su fama, están de muerte. Y cuando terminamos, con el estómago contento, volvemos a coger el tren porque hemos comprado un billete de ida y vuelta. Desde Cais do Sodré damos un paseo hacia el hotel, porque la peque no se ha echado aún la siesta y al final se queda dormida en la mochila.

El puente del 25 de Abril y el monumento a los descubridores.
La torre de Belem
Monasterio de los Jerónimos.
Con el paseo descubrimos una calle llena de restaurantes muy cerca del hotel, la rúa das Portas de Santo Antonio. Nos sentamos un rato en una terraza a tomar un vino, y cuando la niña se despierta vamos al hotel a cambiarle el pañal y descansar un rato. Salimos a cenar a un sitio que hemos fichado en la calle de los restaurantes, que se llama O Churrasco. Os podéis imaginar lo que cenamos: un chuletón a la brasa para los dos con patatas y ensalada, y media botella de vino, todo buenísimo. Y además muy barato, creo que no llegó a los treinta euros, y tenían trona para la chiquinina, no se puede pedir más. Después de cenar nos volvemos al hotel, hacemos las maletas y a dormir.

El martes nos levantamos tranquilamente porque tenemos que estar en el aeropuerto a la una, más o menos. Desayunamos donde todos los días, en la Taverna Imperial, y después hacemos check out en el hotel. Ya está pagado, así que solo hay que dejar la llave. Cogemos el metro hasta el aeropuerto y después el autobús hasta la terminal 2, que es la de los vuelos low cost. Aún así llegamos bastante pronto a la terminal. Pasamos el control de seguridad casi solos y ya en la terminal comemos algo en un burguer porque no hay mucho para elegir. El vuelo sale como a las tres y llegamos a Madrid a las cinco y pico. Como no hemos facturado, vamos directos a coger el bus del parking de larga estancia. Una vez allí pagamos, cogemos el coche y en media hora estamos en casa.

Y ya.

Nos lo pasamos muy bien en Lisboa y nos gustó mucho. La ciudad es bonita, tiene mucha personalidad y encanto, y los lisboetas son muy majos y cercanos. La comida y la bebida estupendas. Lo único que nos falló un poco fue el tiempo, pero si a pesar de lo que nos llovió nos ha gustado tanto, será porque es una ciudad especial. Seguro que en el futuro repetiremos, además yo me quedé con ganas de conocer los alrededores de Lisboa, así que tenemos excusa ;)